No hay edades, sino experiencias: Emilce, una vida entre letras

No hay edades, sino experiencias: Emilce, una vida entre letras

Nació en un pequeño pueblo de León, Orallo, muy cerquita de Villablino, en la comarca de Laciana, donde aún hoy, se escuchan palabras en patsuezu, una variante entre el castellano y el bable. Que sigan escuchándose se debe, en parte, a la labor de personas como Emilce que escribió dos libros y se dedicó a recuperar y plasmar en papel este dialecto ancestral para que no cayese en el olvido.

“Oía hablar a mis abuelos y a los vecinos. En el colegio utilizábamos esas palabras. No en clase, porque no nos lo permitían, pero sí en el recreo, entre amigos”, nos cuenta. “Me parecía importante conservarlas, que no se perdiesen”. Con ese objetivo escribió y publicó dos libros “Una tarde d´outuenu” (Una tarde de otoño) y “Atsegrias ya tristuras” (Alegrías y tristezas). “No gané nada, ni tampoco gasté, la verdad, quise hacerlo como un homenaje a mis abuelos”, recuerda.

A sus 88 años, Emilce ha vivido rodeada de palabras. De hecho, podría decirse que son parte de su vida. Siempre se le dieron bien los libros y estudiar. Le gustaba. Era alumna de matrículas e incluso llegó a inscribirse en la Facultad de Lengua y Literatura en Oviedo. Cursó un año de estudios, pero conoció a su marido, Ovidio, se enamoró y él le dijo que “nada de facultades”. Eran otros tiempos. Renunció a su carrera por amor y fue muy feliz con su marido. Ovidio era sastre y abrieron un negocio de “Confección a medida” en Villablino. Les fue tan bien que tuvieron que contratar a seis empleadas.

Emilce dejó la Facultad, pero nunca abandonó los libros, “aprovechaba cualquier rato en la sastrería o por las noches para leer”, comenta. Con 23 años tuvo a su primer y único hijo, Jorge, que estudió medicina y montó una óptica en León. El cáncer se lo arrebató y en apenas cinco años perdió también a su marido y a su hermano. “Lo pasé tan mal, que sufrí un ICTUS”. Tras recuperarse llegó a Tercera Actividad León, donde vive desde entonces y donde se encuentra muy bien, aunque no puede evitar recordar a sus seres queridos y preocuparse por su nuera, “que es la única que me queda y quien se ocupa de mí”.

En el centro es una persona muy querida, porque participa en las actividades, porque es buena amiga de sus amigos, porque se entrega sin reservas y, sobre todo, porque sabe escuchar y dar buenos consejos. Es más, durante los primeros meses del confinamiento, muchas de las personas del equipo de Tercera Actividad, acudían a ella en busca de paz y tranquilidad, la que transmite en cada gesto, en cada palabra. Una serenidad, que posiblemente, haya encontrado entre las páginas de los muchos libros que ha ido devorando a lo largo de su vida. Cuando escribimos estas líneas está leyendo “La sombra del ciprés es alargada” de Miguel Delibes, pero quizá, cuando tú las leas, Emilce ya haya abierto un nuevo libro.